Posteado por: pasajerohabitual | 6 Junio, 2008

vuelo 1 UX7123, 05-06-08

Como casi siempre, en mi vuelo de regreso a casa suelo andar con el tiempo muy justo, ya que me paso toda la mañana trabajando en mi oficina de Lanzarote y aprovecho hasta el último minuto. Últimamente estoy cogiendo el Air Europa directo a Santiago de los jueves, ya que hace unas semanas Spanair se ha cargado el enlace Madrid-Vigo que solía usar los viernes y la perspectiva de una espera de 4 horas en Barajas no es muy atrayente. En fin, el caso es que Air Europa no permite sacarse la tarjeta de embarque online para vuelos con salida desde Lanzarote (a saber por qué), y como tampoco tienen máquinas de check-in automático, toca hacer cola. De todos modos, deben abrir facturación bien pronto ya que cuando llegué, casi 50 minutos antes de la salida del vuelo, tan sólo había una pareja delante mía ya facturando, y en medio minuto llegó mi turno. La empleada de Clever (el operador de handling de Air Europa en Lanzarote), tan conejera ella, tras darle las buenas tardes me dice “llega usted tarde, ya iba a cerrar el vuelo”; le replico que el límite para facturar son 45 minutos y que ni siquiera llevo equipaje, a lo que me responde “hay que estar dos horas antes, a esta hora ya debería tener el vuelo cerrado”. Viva la la previsión y alegría, pensé yo.

Ya en el control de seguridad me pita la alarma, me piden que me quite el cinturón que llevo puesto, y aunque estoy convencido que no es el cinturón lo que ha provocado la alarma ya que nunca lo ha hecho en más de 100 vuelos, no digo ni mú. Me imaginé que serían mis zapatos nuevos. Paso de otra vez y la alarma no pita; se vé que estoy en racha. Por cierto, el cinturón que (casi) nunca pita me lo he comprado en Springfield.

Mis desventuras en el control de seguridad no acaban ahí, mientras espero cuidadosamente a que salga mi cinturón (la última vez que un avispado securata me lo vió y obligó a sacar, se me quedó olvidado en la cinta) la amable guardia de seguridad (nótese la diferencia con el anterior) me dice que debo abrir mi maleta de mano. Allá recojo mis trastos (bandeja con el cinturón, bandeja con el portatil, bandeja con el bolso del ordenador, móvil y gafas de sol, y la susodicha maleta de mano; y la sigo a una mesa de “inspección”. Se la abro gustosamente y tras inspeccionar una tarjeta firewire de mi sobremesa que a ella le debía parecer un sofisticado “gadget” terrorista, dirije su antención a la bolsa de plástico con piedras dentro que le llevo a mi mujer. “Qué es?” me pregunta. Le contesto que son “piedras pulidas de playa para decoración que me ha encargado mi mujer”. La (ahora sí) securata me dice que tendré que facturarlas que “es un objeto demasiado contundente para llevarlo en cabina”. Por supuesto, le replico que facturación ya ha cerrado y que si quiere las saco de la bolsa y las desperdigo por la maleta. “No”, contesta, “ya que siguen siendo muy duras y podría usted lanzarlas”. A saber que habrán hecho con mis dos kilos de piedras de playa.

Como los paneles todavía anunciaban “embarcando” y no “última llamada”, pensé que aún pendría tiempo para comprarme el almuerzo y el periódico. Los bocatas que venden en los vuelos de Air Europa son abominables además de caros, y el Café Ritazza del aeropuerto de Guacimeta tiene unas estupendas ciabattas con mucha variedad y de extraordinaria calidad. Mi preferido es el de atún con mayonesa, aunque esta vez para que no estuviese sólo, lo acompañé con uno de bacon con tomate. Como no llevaba dinero encima, le doy mi tarjeta de crédito a la dependienta. “Tarjeta denegada” nos dice la maquinita donde la ha usado. Lo vuelve a intentar, mismo resultado. Miro al panel, “última llamada”. Le doy otra, lo mismo; y otra más: “tarjeta denegada”. Estupendo; ahí estaba yo sin ni siquiera haber desayunado, sin efectivo para pagarle a la ya nerviosa señorita y con su maquinita estropeada. “Ahora vengo”, dice, y corre a pedir auxilio. Se trae a una compañera por lo visto más experimentada que tras darle mi primera tarjeta de nuevo, dice que no aceptan American Express. La segunda es una Mastercard, pero cuando ya estaba yo sacando la Visa, la maquinita dice “tarjeta aceptada”. Lo de hoy es cosa de brujas.

Insisten por megafonía con la última llamada para mi vuelo. Apuro el paso y descarto comprar el periódico. De todos modos no soy el último en entrar ya que justo detrás mío vienen una familia con niños y una pareja. “A ver, saquen sus dni’s” nos dice otra empleada de Clever en la puerta de embarque; se vé que las tienen bien educadas. “Buenas tardes”, le contesto mientras le enseño mi dni y le doy la tarjeta de embarque. La chiquilla balbucea algo que no entiendo y a continuación se dirige a los que están detrás mía, por lo que cojo mi maleta y me voy para dentro.

Ya en el avión me pasó algo muy curioso: suelo ir siempre en emergencia y hoy, aunque llegué un poco tarde (mucho, según mi amiga de Clever), todavía pude agenciarme el último asiento de emergencia, el 14C. Además, el vuelo no iba muy lleno (a un 40%) por lo que varias filas justo delante estaban vacías. Ya en el aire, cuando se apagó el indicador del cinturón de seguridad, para estar más cómodo me levanté y me fuí a una de las filas vacías. Cual es mi sorpresa cuando veo que los dos chicos que hasta hace un momento estaban sentados a mi lado hacen lo mismo y se sientan en sendas filas vacías, dejando los 3 asientos de emergencia sin ocupantes. Sin dudarlo ni un instante me volví a mi sitio original desde donde he escrito estas líneas.


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