Suele ser muy raro que llegue al aeropuerto con tanta antelación, pero el caso es que el taxi me dejó en la terminal B del Aeropuerto del Prat hora y media antes de la salida del vuelo, tiempo más que de sobra teniendo en cuenta que no tenía que facturar.
Dos semanas antes había utilizado con éxito el nuevo sistema de facturación online de Spanair, en el que te mandan un MMS con una especie de código de barras al móvil, que una vez en el aeropuerto una máquina con un lector registra y emite un pequeño ticket de impresión térmica que entregas en el embarque. Una chulada, la verdad; sin embargo esta vez algo falló. Puse mi móvil encima del lector situado justo antes del control de seguridad, y a pesar de que apareció en pantalla el mensaje de “código aceptado, en unos segundos se le imprimirá su tarjeta de embarque” el aparato de marras no despachó mi ticket. En fin, que lo intento de nuevo y esta vez me aparece el mensaje “error, tarjeta de embarque ya emitida”. Bendita tecnología. Como soy un hombre de recursos, paso de ese cacharro inútil, saco mi tarjeta Spanair Silver de mi cartera y la introduzco en las clásicas maquinitas de facturación automática. “Su tarjeta no puede ser leída, consulte en un mostrador Spanair”, me dice este nuevo pseudo-robot. Lo vuelvo a intentar con idéntico resultado. Pruebo con la máquina de al lado, que debía ser prima de las otras porque tampoco funcionó. El caso es que seguramente el primo era yo, ya que tuve que bajar a la planta de facturación para trasladarle mi problema al siempre atento personal de Spanair. Viendo el tamaño de las colas que había en los mostradores de facturación me dirijo a la señorita responsable de la hilera de maquinitas de la planta inferior. “Ah, es que está sin papel”, me dice tras explicarle mi problema con su aparato de última generación. La muy testaruda insiste en probar también con mi tarjeta, pero como era de esperar, tampoco tiene éxito. De todos modos, sigo sus indicaciones y me dirijo al mostrador de “Primera clase” para emitir la tarjeta de embarque de la manera tradicional. Unas 12 personas en la cola hacen que automáticamente me dé la vuelta y pruebe mi último cartucho con el ejercito de aparatejos que esperaban impacientes mi regreso. Saco mi P990i del bolsillo y me conecto a mi cuenta de gmail para recuperar el localizador que me permitirá superar todos estos escollos tecnológicos. O al menos eso intento, ya que mi adoradísimo móvil me dice que la contraseña es incorrecta (es lo que suele pasar cuando escribes con el dedo en una pantalla táctil en la que se supone que debes usar un puntero). Lo vuelvo a intentar sin éxito y comienzo a perder los nervios. En el tercer y cuidadoso intento (hay que tener en cuenta que al escribir contraseñas me aparecen los clásicos asteriscos, por lo que no conseguía leer lo que escribía) por fin consigo acceder y pillar mi locata, que rápidamente introduzco en mi némesis electrónica que acaba escupiendo sin contemplaciones mi pasaporte a Lanzarote. Victoria!!
Una vez pasado el control de seguridad me tomo un café con un pedazo de tarta de Zanahoria comprado en el Buenas Migas de las ramblas, pillo el periódico, y me dispongo a comprar mi almuerzo para comer durante el vuelo. Tras recorrer 5 o 6 cafeterías/restaurantes llego a una conclusión: absolutamente todos tienen el mismo proveedor de bocadillos. En todos y cada uno de ellos la variedad de bocatas consistía en bocatas de tortilla, de jamón serrano, de jamón, chorizo o salchichón ibérico, o de jamón y queso. Todos con la misma pinta de manufactura industrial; y, si me descuido con el mismo envoltorio de papel. No se puede ser un poco más original? Un poco de diferenciación por favor! Menos mal que finalmente acabé encontrando un sitio llamado Fresh & Ready que, a falta de bocatas (tan sólo había clones de los comentados) al menos tenía unos sándwiches que se desmarcaban un poco de la tónica del aeropuerto. Acabé pillándome uno de “pollo thai” bastante rico que acompañé de una ensalada. La verdad es que cumplieron las expectativas.
El vuelo sin novedad, salvo un pequeño retraso de 20 minutos que hará que mi próximo vuelo con Spanair me salga un 25% más barato, y el hecho de que a última hora nos cambiasen el avión a uno más pequeño (de filas de 5 asientos) con la consecuencia de no poder disfrutar del asiento de emergencia. Por fortuna entre asiento y asiento había bastante más espacio que en el Clickair de ayer.