A priori, las casi cuatro horas que tenía de espera en Barajas se me iban a hacer muy largas. Las 3 últimas noches habían sido especialmente duras y por el día no había tenido ni un respiro, por lo que me debatía entre buscar un banco para echar una siesta o hacer algo productivo. Sin embargo, de pura casualidad el desembarco de mi vuelo desde Lanzarote fue por una puerta situada justo enfrente la sala VIP de Spanair, recordándome que tengo acceso a ella gracias a la tarjeta Spanair Silver.
Así, las 3 horas pasaron realmente rápido gracias a los ordenadores con acceso a Internet que tienen a disposición y a las 2 ricas tazas de café que me pude tomar. Aún así, mi satisfacción no fue completa, ya que esperaba poder tener acceso a una wifi abierta, y no sólo la Kubi (de pago) que hay en el resto del aeropuerto. Me parece absurdo que dispongan de casi 20 ordenadores de sobremesa con conexión a Internet y no cuenten con una mísera wifi para que usemos nuestros propios equipos.
Ya en la puerta de embarque a Vigo, me llamó la atención que permitiesen el embarque a dos tíos totalmente ebrios que no hacían más que meterse con una pareja que también estaba en la cola. Una vez subo (de último) al avión le pregunto al comandante que estaba saludando en la entrada si ha visto el lamentable estado en el que se encontraban las dos personas que me precedían, a lo que me responde afirmativamente. Dos minutos después, oigo los sus gritos amenazantes a los borrachos ya que estos habían empezado a molestar a la chica que había tenido la mala fortuna de sentarse a su lado. Parece que las amenazas surtieron efecto ya que se mantuvieron callados durante todo el despegue y más tarde cuando miré los ví profundamente dormidos.
Como curiosidad comentar que la falta de espacio en los compartimentos para los bolsos de mano hizo que la azafata tuviese que guardar mi Samsonite en un armario de uso específico para la tripulación. Al salir me la entregaron muy amablemente.